4.7.06

Confines del sueño (parte 1)

I
Alguien me dijo, no hace mucho, que este es el momento de la vida en el que todo es más intenso y menos real. Alguien, ya no recuerdo quien. Últimamente las caras se me pierden en el humo.
Debe ser la décima vez que me recuerdan que no está permitido fumar. No sé por qué lo llaman sala de espera, entonces. Imposible esperar sin la brasa ardiente de un cigarrillo colgando de los labios. Vuelvo a contar uno a uno los azulejos que alguna vez fueron verdes – del verde enfermizo de una premonición helada. Los cuento durante tanto tiempo que me es imposible enfocar en el guardapolvo blanco que se acerca. El hombre parece esperar mi mirada antes de empezar a hablar.
Hay palabras que no deberían existir. Cáncer. Mi mente, como siempre, se escuda tras las infinitas resonancias. Pero todos los ecos son funestos: las estrellas trazando sobre negruras lejanas la silueta del crustáceo odiado, Cerbero aullándole a la luna con sus múltiples fauces. Claro que podría ser peor. Podría no ver sino tu tumba, fresca.
-… no hay mucho más que podamos hacer salvo esperar.
Algo que, por supuesto, es lo único de lo que siempre fui incapaz. Es entonces cuando decido romper mi promesa. Mi palabra no va a servirle de mucho a un cadáver.
Entendeme, si me quedo acá esperando un milagro, jamás te vuelvo a ver. Claro que si vuelvo a sumergirme en los confines del sueño, probablemente tampoco. Pero al menos vas a seguir latiendo.

II
La niña de cabello púrpura está esperándome en el pasillo. Ya se le está haciendo hábito materializarse apenas la toca mi pensamiento.
Siempre dijiste que la pequeña traidora estaba enamorada de mí. Hay un brillo burlón en sus ojos plateados cuando empieza a caminar, guiándome hacia lo profundo de la oscuridad. Una vez en la calle, se detiene ante una grieta casi imperceptible en el asfalto. Sus dedos minúsculos la recorren y una flor negra comienza a brotar. Segundos después ya está completamente abierta. La niña sonríe mostrando sus dientes crueles, que hinca en mi índice, voraz. Se relame. La gota roja comienza a formarse. Sin perder un segundo, la deja caer sobre los pétalos inquietantes. Luego, deshoja la flor en silencio. Parece disfrutar el ritual y es natural: su misma esencia devora la belleza. Con un estremecimiento final arranca el frágil tallo y el abismo se abre a mis pies. La niña me llama con un nombre que había olvidado hace tiempo.
-Para el camino- ríe, y aprieta los labios demasiado finos contra los míos. Antes de que pueda abrir los ojos y olvidar su olor a canciones milenarias, me empuja hacia el vacío con todas sus fuerzas.

III
En los confines la ciudad cambia constantemente, de acuerdo a quien la sueña. Pero nunca tuve problemas para encontrarlo. Esta vez son largos boulevards desiertos los que me conducen hacia Insomnio. Siempre le gustaron las alturas, recuerdo, mientras trepo de dos en dos el par de cientos de escalones hasta el tejado del faro. Está parado en la cornisa, sus cabellos profundamente azules arremolinados. El viento esculpe alas en su camisa blanca.
Me acerco, espantando a los cuervos que lo rodeaban. Si no me reconociera le habría parecido una torpeza imperdonable.
-¿Qué se siente estar por encima de la luz?
- Estás contagiándote de los prejuicios mortales. La luz no es más que otro aspecto de la oscuridad- sonríe.
-Algún día deberías dejar de dar cátedra. En su rostro hace su nido la melancolía, pero sus ojos son fuego líquido.
-¿Cómo está ella?
-Muriendo.
Asiente. En otros tiempos la amó sin esperanzas, como siempre que ama. Algunos nacen con alma de poetas trágicos, aún aquellos que jamás nacieron, técnicamente.
-Cáncer- dice, y siento las tenazas implacables en la yugular-. La inmortalidad devorándola por dentro.
-¿Por qué a ella y no a mí?
- Demasiados secretos, supongo. Todo lo que no dice, contaminándole la sangre... Todos llevamos nuestra condena debajo de la piel.
Apoya su mano pálida en mi hombro, con un cariño real.
- La tuya es mucho más dolorosa y menos sofisticada, como corresponde.
- Eso no importa ahora. Tengo que salvarla.
-Pero no está en tus manos. Ni en las mías.
-Tiene que haber alguien...
-Claro que hay, lo sabés muy bien.
Aprieto las mandíbulas. Entre todos los inmortales de este mundo, tenía que ser ella.
-No puedo asegurarte que se alegre de verte... Aunque, ¿quién sabe?

IV
Rodeada de criaturas engendradas por los más profundos miedos humanos, ella espera. Con la punta de las uñas roza la plateada superficie de un espejo que sólo refleja lejanías. Enciende un cigarrillo efímero. Entre el humo vislumbra una figura –todavía tan lejos, apenas desprendiéndose de la bruma- que toma la senda que ella misma le trazó. Sonríe, feroz. Con la gélida precisión de un jugador de ajedrez, interpone algunas demoras en su camino. Sólo por diversión. Le gusta esperar. Tiene todo el tiempo del mundo.

V
Nunca es tan simple. Puedo oler tus trampas, tus Pesadillas acercándose. Te conozco demasiado, muñeca. No fueron en vano tantas noches. Solían fascinarme tus juegos crueles. El resplandor fantasmal entre las nubes es todo lo que necesito. Todos saben que se puede conjurar lo que sea bajo la luz de la luna. Mi mano en el centro de la estrella de tiza, que late sobre el asfalto.

VI
Lo primero es el olor a naftalina y polvo. Las tablas de madera añeja que crujen bajo mi peso. El desván de los sueños olvidados. Sólo tengo que encontrar el adecuado antes de convertirme en uno de ellos.
Siempre me atrajo el caos esencial que habita el Olvido. Las fotos destrozadas, los fragmentos de canciones que nadie terminó de componer, pinceles que bocetan una y otra vez el mismo árbol, la misma lluvia. Mapas de tesoros, mapas de lunares en una espalda. Y el eterno tic tac recordándome lo limitado de mi tiempo. El peligro de volverme un espejismo en el fondo de una copa. ¿De quién? Sonrío. La pregunta intrínseca de los mortales: al final del camino, ¿quién nos olvidará mejor? Espero que les cueste toda la eternidad. A ambas.
Abro una última puerta y ahí está. Sedienta de sangre y destrucción, tal como –ahora- la recuerdo. Muchas veces me sentí tentado de darle un nombre, como los héroes de fantasía. Pero una espada no es más que una espada, aunque esté forjada con un trozo de la noche más profunda. Aunque los dragones que iluminan su filo sombrío no conozcan más paz que la venganza.

VII
Somnos no es hombre ni mujer, aunque hay un no sé qué femenino en la forma en la que su cabello tornasolado cae sobre su pómulo derecho. En algunos rincones de su reino invernal se percibe un leve aroma a hembra, un dejo de violetas apenas marchitas.
El primer síntoma de su cercanía es una niebla cálida y espesa adueñándose de mis párpados. Alerta. Crucial permanecer alerta. Aunque las cuerdas acuáticas de su laúd me enrieden las ideas. Te estás volviendo predecible, muñeca, si este es tu primer embajador.
Una voz sonriente, cascada de agua dulce.
- Te estás convirtiendo en un forastero.
- ¿Por eso te mandaron a impedirme el paso?
- No seas ingenuo. Deberías saber que no acepto órdenes de nadie.
- Ella es bastante más que nadie.
- La mortalidad no te favorece. Ya estás empezando a endiosarla.
Tiene ojos crueles detrás de esas pestañas infinitas. Hace sonar, como al descuido, un arpegio perfecto. Un fraseo distraído y ese ardor placentero en las pupilas. Resistir. Llevo la mano a la empuñadura de la espada.
- Solías ser más valiente. No te recuerdo acobardándote ante un poco de música.
No sé bien cuando comenzó a cantar. Voz de vino sedoso derramándose por mis venas. Las cuerdas del laúd se extienden en telarañas, encadenándome a su melodía extraña. Treinta toneladas de arena sobre los párpados que caen. Y caen. Y caen…
Podría abandonarme a su hechizo, pero una imagen comienza a dibujarse en mi cerebro obnubilado. Tus collares larguísimos desbordando entre mis dedos, acariciando tu piel desnuda. Gamuza y piedras acurrucándose sobre tus pezones, resbalando hacia tu vientre.
Mis labios quisieran vivir en las tierras de delirio entre tu hombro y tu nuca. Hay hechizos más fuertes que otros. La sangre se arremolina en mis venas y de pronto ya no es difícil sacudir el peso que me atrofiaba los músculos. La espada salta de su vaina, hambrienta. Silbando como una serpiente corta las cuerdas, que se retuercen en el aire. Un rastro de sangre en la nieve.
La danza termina con la punta acerada rozando, casi lamiendo, la garganta de Somnos. Baja la cabeza. Sólo sus ojos, cristalizados de odio y derrota, me enfrentan.
- Ella te espera.
Asiento, mientras convenzo a mi arma de volver a su cárcel de plata y ébano. El laúd yace sobre el suelo helado, partido en mitades idénticas. Todavía sangra.
- Pero no te va a resultar fácil llegar.
Me encojo de hombros.
- Siento lo de tu instrumento. Ya no se fabrican así.
Sonrío ante su rabia tangible y sigo mi camino. Lo malo de los confines es que no es fácil conseguir un cigarrillo.

VIII
El invierno en Urbania es muy diferente a la armonía nevada de las tierras de Somnos. Invierno infierno, con tachos en llamas rodeados por siluetas andrajosas. Manos deformes envueltas en guantes deshilachados. El invierno de Urbania asesina pobres.

Hasta los pandilleros caminan más lento, abrazándose el torso tatuado a fuego.
Y las Pesadillas ahuyentando cualquier luz.
El cuero de mi chaqueta se congela sobre mi piel. Es la primera vez que siento el frío hiriente de Urbania. La primera vez que debo temer el filo agazapado en las esquinas. Los mortales son criaturas frágiles. Ups. Somos. De a ratos me olvido.

IX
Es imposible atravesar Urbania sin que lo sepa. Delirio tiene Ojos en cada baldosa de la ciudad, en cada partícula de oscuridad. Los malditos reptan a velocidades inauditas, pero de vez en cuando logro atrapar alguno bajo mis borceguíes. Odio el gemido pegajoso cuando los aplasto. Pero no solo están esas condenadas esferas espías. Delirio tiene su propio ejército de Pesadillas, cebadas con dolor humano. Sangre, sudor y lágrimas. En Urbania las Pesadillas se pasean altaneras como duques en sus dominios. No se molestan en camuflarse, incluso alardean de su monstruosidad.
Delirio sabe consentir a sus juguetes favoritos. Claro que también puede ser un amo cruel, como advierten a gritos las cicatrices en los lomos de sus demonios de elite. Demonios que, por cierto, están agrupándose de a decenas en la próxima esquina. Me esperan con un interés exacerbado, del tipo que sólo me agrada cuando viene envasado en una morocha escultural. Definitivamente, este no es el caso.


X
Un enjambre de gotas negras suspendidas en el humo de la habitación sume el cuerpo algo desgarbado de Delirio en una luz paradójica. Incapaz de paz, se revuelve abúlica, recostada sobre sus alas de ceniza. Alguna vez fue magnífica. Incluso su decadencia es fascinante. Todo lo que yo podría haber sido si hubiese caído, si me hubiese atrevido a caer. El polvo en sus alas, los jirones de plumas muertas.
Ya no volás.
Sus ojos rotos, siempre enrojecidos, me envuelven un instante en un azul desesperado. Y entonces ríe, enloquecedora. Ríe como un uppercut en plena mandíbula.
Supongo que crees que eso nos iguala – afirma, con un desprecio divertido.
Sobre un espejo turbio se extiende una geografía de polvo níveo. Delirio elige un montículo, lo convierte en río, acerca su rostro -que se graba sobre la superficie plateada-, su nariz anhelante. Mechones lacios de un rubio atroz se le agolpan en la frente, caída libre interrumpida por un estertor de placer bestial. Se relame.
Deberías probarla. Es infernal.
Es realmente infernal. Cada gota de sangre arremolinándose en mi cerebro, inundando cada pensamiento, corrompiendocada hilo que me sostiene. Había olvidado que en los Confines puede conseguirse lo mejor de los dos mundos. Ja, de todos los mundos. Caigo sin sentirlo entre sus alas inútiles. Sus dedos, demasiado largos, me cierran los ojos.