Ajedrez -Primera entrada

La lluvia en el parabrisas, calidoscopio de calles infinitas que siempre son la misma. Te toca mover, digo entre dientes, apretando un poco más el bólido de acero bajo mis pies. Hasta rugir.
La dama blanca -voraz como siempre la imagino- abriendose camino en el tablero. Casi sin rumbo y sin embargo.
La certeza de que tras cada gesto -los labios entreabriéndose apenas bajo la caricia del rouge, la mano que se extiende como si volara, ave de presa, al detener al taxista azorado-, cada mirada revoloteando al azar, todos los colores de su voz de cristales turbios, se agazapa una calculada finalidad. Tu estrategia indescifrable.
A mí no, reina. No vas a devorarme tan fácil.
Y el cielo sigue derrumbándose en blanco y negro.
Un piano demasiado íntimo desde la radio, enterrando una reputación de motores y guitarras.
Vas a volver. Vas a cansarte de vagar por tu alma helada. En este juego los peones sólo sirven para ser sacrificados.
No escondas los ojos ante el grito del teléfono, que rebota contra las paredes demasiado blancas, demasiado altas, de tu fortaleza. Ignorás el gruñido fastidiado, el vano intento de seguir de ese que se mueve encima tuyo. No sentís sus tentáculos recorriendote, sus jadeos pegajosos, porque ya no estás ahí. Estás mirandome empaparme bajo el abrigo insuficiente de la cabina pública, mirándome abandonar el teléfono en el instante preciso en el que decidís librarte del abrazo invasor y levantar el auricular para oír la lluvia y nada más.
Y el juego sigue. Pero ahora me toca mover a mí.
Despertar en una habitación desconocida y el alivio asombrado de haber conseguido dormir al fin. Sigo el mapa invertido que dibuja la ropa desparramada en el suelo. Mi campera de cuero desequilibrando peligrosamente el picaporte y ya estoy afuera. Una ella anónima abrirá unos ojos que ya no recuerdo y se preguntará.
Nuevamente en el auto, sigo buscando mi sombra, que encarcelaste bajo tu almohada en una ciudad lejana, casi fantástica, al otro lado del tablero.
A veces el juego consiste en enloquecer al adversario.
Mirás con más que nostalgia el teléfono mudo. Ya no llueve.
La luna apresada en tus pestañas y tengo que entrar en vos.
Lejos, los infiernos de tu voz decoran algún bar, entre dry martinis y risas de imitación. Todas las miradas fijas en voz, conejos alabando a la serpiente. Tu música deformada por el micrófono los hace sentirse vivos por un instante.
Pero vos no latís a menos que duela.
A menos que un mensaje quiebre en astillas tu espejo: Me llevo tus alas.
Buscás mi mano manchada de tinta sospechosamente roja, aún sabiendo que no vas a encontrarme, que estoy reconstruyendo el derrotero de mis excesos para llegar a una puerta ajena. Bajo otro cielo.
Entonces tomás la aguja y te atravesás , despiadada, la yema de los dedos, con un hilo invisible que te cierre el puño en torno al único pedazo de mí que te queda.
Y el juego sigue, nena. Te toca mover.

