26.2.05

Ciudad

Un cigarrillo triste y tu humo escandaliza. Como si no pudiera olvidar por un rato estas manos vacías. Tigresa de papel, los laberintos desencuentran. Una lagrima inexplicable en medio del sol. O una magia renacida cuando esperaba que todos los soles esten muertos. Y es que a veces necesito enterrarme en la arena, ahogarme de lluvias tibias. Desempolvar los esqueletos que duermen en los armarios. A veces la ciudad me atrae, con sus calles plagadas de alas de pájaros que su rey cruel disfruta arrancando. La ciudad con su rey niño de pesadas capas y sus jardines de flores sin pétalos. Y sus canales de tinta negra. La ciudad no tiene puertas nunca. De pronto en una calleja de paredes cariadas te encontrás una estrella dibujada con tiza roja y salís. Así tan fácil. A veces los escarabajos te anudan los cordones y pensás que nunca más podrás moverte. Grave error, siempre hay libélulas. Y hay navajas que parecen hechas para ser lamidas. Drip drip dropping blood. El rey es sanguinario como todos a los siete. El rey esta fascinado con muertes que no comprende. El duende que dejó en esa habitación no se cansa nunca de espiarte los sueños. Tiene alas de murciélago, para volar a soplárselos al oído. El rey anhela sueños turbios. A veces se despierta pegajoso. Sus ladrones recorren las horas en sentido contrario a las agujas. Buscan intensidades para divertir a su majestad. La ciudad tiene atardeceres extraños. Tanto humo... escandaliza... Mirá las baldosas, rey. La lluvia borra la tiza. Sos círculo. Y corren los ladrones a buscar un pedazo de sol, una esencia de volcán, una llamita y chau. El rey patalea, sacude su espada ridículamente grande. Y vos pasás y le das un fósforo. La arena está fresca, plagada de sombras grises. Es sólo un rato nomás. Y después.